Bolsas, besos y una media extra
Esta es la historia de Luigi, un chico romántico y algo terco, y Nancy, una dama encantadora con alma de sirena. Todo comenzó un soleado día en Lima, cuando Luigi ideó una misión secreta: regalarle ropa a Nancy. Como buen estratega, inventó una excusa algo floja:
—Tengo que comprar una frazada para New Jersey... ¡porque allá el frío es mortal!
Nancy, siempre práctica y sin sospechar nada, aceptó la invitación. Partieron rumbo a Gamarra, el emporio comercial más bullicioso de la ciudad, donde la ropa se vende directo de fábrica y las compras se convierten en un deporte extremo.
Ya en Gamarra, Luigi se sentía como un caballero en plena batalla. Con cada prenda que elegían, su maleta se llenaba más y más, y él no podía evitar pensar: "Todo esto es por amor… y por el peso de estas bolsas moriré". Luego de unas cuatro horas de cacería de ofertas, el estómago empezó a reclamar. Así que fueron a un restaurante cercano para recuperar fuerzas.
Nancy fue al baño a lavarse las manos, y mientras Luigi la esperaba, la mesera, con una sonrisa cómplice, le dijo:
—Su esposa fue al baño, señor.
Luigi parpadeó, procesando esas palabras. ¿Esposa? Bueno, claro, la chica se adelantaba un poco, pero no le disgustaba la idea. Cuando Nancy regresó, Luigi, como un niño que acaba de contarle una travesura a su mejor amigo, le soltó:
—¡La mesera piensa que eres mi esposa!
Nancy sonrió y le dio ese golpecito suave en el brazo que Luigi interpretaba como “no sueñes tanto... pero quién sabe”. Ambos rieron, y él sintió que ese almuerzo ya había valido todo el esfuerzo.
Con la panza llena y el corazón contento, Luigi decidió arriesgarse con una sugerencia más atrevida.
—¿Qué tal si ahora vamos a un hotel? —le dijo con la naturalidad de quien está proponiendo ir por un helado.
Nancy lo miró con una mezcla de risa y picardía.
—No, Luigi, nada de eso. Mejor vamos a Miraflores, quiero que veas el mar conmigo.
Luigi suspiró profundamente. Él no era muy fan del mar, prefería el campo y sus cerros tranquilos. Pero si Nancy quería mar, pues al mar irían. Cargaron sus compras —porque, claro, no era suficiente con las incómodas bolsas; tuvieron que comprar una maleta— y se fueron rumbo a Larcomar, ese centro comercial que cuelga sobre los acantilados de Miraflores.
Allí, Luigi y Nancy caminaron como si no hubiera mañana. Pasaron por el Parque del Amor, se tomaron fotos románticas en el Parque Salazar y cruzaron parques con nombres que Luigi nunca recordaría. Cada vez que hacían una parada para descansar, también aprovechaban para besarse, y Luigi pensó: “¿Quién necesita un hotel con estos besos?”
Finalmente, Nancy lo llevó hasta la Costa Verde, bajando escaleras interminables para llegar a las rocas que tocaban el mar. Sentados allí, Luigi entendió por qué Nancy amaba tanto el océano. No se trataba solo de las olas; era como si ella quisiera compartir con él una parte de su alma. Se besaron mucho más, y Luigi supo que ese día Nancy le había dado algo mucho más valioso que cualquier encuentro íntimo: le había regalado un pedacito de su mundo.
Cuando decidieron regresar, la odisea continuó: ningún taxi quería llevarlos de regreso al barrio del querido Rímac,porque al parecer eso era como pedirle a un taxista que te lleve a la luna. Cada vez que uno los rechazaba, ellos simplemente se miraban y se reían, cómplices de su propia aventura, era como si el universo entero se hubiera puesto de acuerdo para hacerlos caminar juntos un poco más.
Finalmente, tras caminar medio Lima, encontraron un taxi que los llevó al Centro Cívico, donde terminaron el día con un buen “chifa” improvisado.
Pero la historia no terminó allí. Entre todas las compras, Luigi había conseguido una docena de medias para su hermana y, por supuesto, una docena más para Nancy. Al despedirse, sacaron las medias de la maleta para organizar todo, pero al llegar a casa, Luigi se dio cuenta de algo curioso. Había una media de más. Le escribió a Nancy:
—Oye, Nancy, ¡tengo una media de más!
La respuesta de ella llegó rápida y con ese toque suyo que lo hacía suspirar.
—Guárdamela… para que me la des en persona cuando vuelvas.
Ahora, Luigi está en New Jersey, contando los días para regresar a Lima. Porque aunque el frío en New Jersey es fuerte, lo único que lo congela de verdad es la distancia que lo separa de Nancy. Y cuando vuelva, esa media extra será la excusa perfecta para un nuevo encuentro lleno de besos, risas y, por supuesto, muchas más aventuras.
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